viernes, 16 de septiembre de 2011

Laguna Brava: Excursión 4x4
En la región de Cuyo –en el centro del país-, una excursión en 4x4 hasta la Laguna Brava en plena la cordillera de Los Andes, atravesando los confines más vírgenes de la provincia de La Rioja.
Por Julián Varsavsky
Partimos al clarear el alba desde la ciudad de Villa Unión en una camioneta 4x4, en busca del sector riojano de la Cordillera de los Andes. Dos días antes habíamos visitado los descomunales paredones rojos del Parque Nacional Talampaya, y nos parecía difícil que una provincia tan pequeña pudiera volvernos a sorprender. Y estábamos justo por abandonarla cuando un guía local nos dijo sin mucho énfasis una frase que pareció sincera: “no deberían irse de La Rioja sin conocer Laguna Brava”.
La primera parada en el trayecto a Laguna Brava fue en la Quebrada de la Troya, una cuesta de ripio donde vimos el perfil de una pirámide natural casi perfecta, formada por el desprendimiento de una gigantesca placa de piedra sobre la ladera de la montaña.
Luego apareció en el camino el pueblo de Alto Jagüe, otra rareza difícil de explicar a simple vista. Resulta desde hace décadas –en los días de lluvia— la reseca y única calle del pueblo se convierte en el lecho de un irregular río que ha ido cavando dos barrancas, una a cada costado de la calle. Como resultado, cuando uno transita por la calle ve a los costados una pared de tierra que mide entre dos y tres metros de altura. Y arriba están las casas –todas de adobe y que alguna vez estuvieron a la altura de la calle—, a las que se llega subiendo la barranca por unos peldaños cincelados en la tierra. En la puerta de algunas casas cuelgan ramitos de “ruda macho” para ahuyentar al demonio. Y a veces las ráfagas de un viento zonda levantan una nube de polvo que hace desaparecer al pueblo por unos instantes, y hay quienes les dicen a los incrédulos visitantes que Alto Jagüe no siempre reaparece en el mismo lugar. 
Por la Quebrada del Peñón subimos hasta los 4350 metros, donde la vegetación desapareció  por completo y el suelo pasó a estar cubierto por millones piedritas de vivos colores. A la distancia las montañas parecían cubiertas por finas capas de terciopelo azul, verde, naranja, violeta, gris y rosa. En una pampa de altura nos cruzamos con cinco vicuñas de terso pelaje marrón, y de repente una tormenta de granizo cubrió toda la planicie con un perfecto manto blanco a cada costado del camino. Al fondo las montañas desaparecieron tras la bruma, pero a los 20 minutos el cielo se limpió de nuevo dejando al descubierto un sol aun más radiante que el anterior. Al trasponer una lomada se abrió a los pies del camino un amplísimo valle con una laguna en el centro, cuyo espejo de agua azul zafiro mide 17 kilómetros largo por dos de ancho. Era la Laguna Brava, rodeada de volcanes nevados que superan los 6000 metros de altura. 
El chofer se desvió a campo traviesa buscando esa laguna que duplicaba en su superficie la silueta invertida de medio centenar de flamencos rosados, inmóviles dentro del agua frente a una playa de sal. Un viento helado sacudía los escasos pastos dorados y un ambiente árido al extremo creaba el aura onírica de un espejismo. Hasta que la serenidad del paisaje se rasgó como una hoja de papel, y los flamencos remontaron vuelo al unísono para desaparecer aleteando tras una serranía como una nube rosada. Y dejaron tras de sí un ambiente de colorida desolación que es la esencia andina de la Laguna Brava. 

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